Control de Impulsos AgresividadLos trastornos del control de impulsos y de la agresividad implican un problema de autocontrol de la conducta y las emociones, atacando los derechos de los que nos rodean (agresión, destrucción de la propiedad, etc.), enfrentándose a las normas sociales o a las figuras de autoridad.

Cualquier persona sabe lo que es enfadarse, y seguramente todos lo hemos sentido en algún momento, bien como algo pasajero o bien como un momento de completa cólera.

Enfadarse es una emoción absolutamente natural, y nos sobreviene cuando no se cumplen alguna de nuestras expectativas, considerando además que esos teóricos “planes” son los únicos que realmente pueden (o deben darse) y de no ser así, vivimos una completa injusticia. El problema sobreviene cuando perdemos el control de este tipo de emociones, generando todo tipo de consecuencias imprevisibles, que pueden llegar a afectar gravemente a toda nuestra vida (relaciones, trabajo, etc.). Incluso podemos llegar a sentir que estamos arrastrados por una fuerza incontrolable.

Este tipo de emociones tienen mucho que ver con la tolerancia a la frustración, que consiste en la capacidad de soportar (y gestionar) aquellos momentos en los que precisamente nuestros “planes” son salen tal y como habíamos previsto.

Este tipo de trastornos suelen darse más frecuente en hombres que en mujeres y además lo hacen de manera asociada a otros trastornos como el déficit de atención, TDAH, episodios de mala adaptación al medio (consumo de drogas, familias desestructuradas, bullying) o antecedentes familiares (existe un gran componente de educación emocional al respecto). Todas estas situaciones pueden activar este trastorno, incidiendo con mayor medida en la etapa adolescente.

Entonces… ¿Qué es el enfado?

Es una emoción que puede variar en grados, desde una pequeña reacción a otra con una intensidad enorme, desmedida, pudiendo llegar a provocar una furia tremenda (e incluso incontrolable). Tal y como sucede con otras emociones, se originan una serie de cambios mentales y físicos: al enfadarnos nuestro corazón va mucho más rápido, subiendo nuestra presión, dándose además una fuerte reacción hormonal (que genéticamente viene determinada para afrontar un peligro o amenaza, potenciando nuestra capacidad muscular y de atención). Al provocarse una emoción de frustración (enfado) la respuesta natural es la agresión, para poder plantar cara a las amenazas. De esta manera, el enfado es algo evolutivamente determinado, adaptativo y establecido para la supervivencia.

Lógicamente, todo esto debe ser filtrado por las normas sociales que se establecen en la comunidad donde vivimos, ya que no podemos atacar todo aquello que no encaja en nuestros planes. En este sentido, los seres humanos tenemos reacciones conscientes e inconscientes para superar el enfado, siendo las tres principales la expresión, la represión y la calma.

En la forma de comunicación, podemos distinguir tres estilos:

  • Agresivo: reaccionamos con gran violencia ante cualquier cambio a nuestra opinión/planteamiento, sin admitir ningún otro razonamiento. De esta manera, podemos definir la agresividad como una interacción social con el objeto de dañar a otro individuo, pudiendo suceder de manera contingente (como respuesta o represalia) o sin provocación alguna. Podríamos diferenciar entre la agresión directa -que toma forma para dañar directamente de manera física o mental a alguien- o indirecta -que intenta destruir las relaciones sociales o prestigio de un sujeto o un grupo-.
  • Pasivo: no reaccionamos ante un cambio a nuestra opinión/planteamiento, y admitimos de manera sumisa la situación, sin interaccionar. Esta conducta evitativa suele provocar grandes conflictos psicológicos, pudiendo desembocar en un cuadro de estrés crónico o depresión.
  • Asertivo: reaccionamos de manera razonada con cambios que no coinciden con nuestros planteamientos, con firmeza pero sin perder las formas. La asertividad consiste en poner de manifiesto con firmeza -pero sin agresividad- que no estamos de acuerdo con algo que nos podría provocar enfado, pero argumentando con lógica nuestros propios razonamientos. Esto sería una forma adaptativa y funcional de enfrentarnos a la frustración y al enfado. La asertividad, por tanto, implica el respeto, tanto a los demás como a uno mismo.

Cuando establecemos de manera permanente el estilo de comunicación pasivo, se generan grandes conflictos que pueden desembocar en patologías como la conducta pasivo-agresiva (tomar venganza con quien no estamos de acuerdo de manera indirecta, evitando el enfrentamiento directo) o el establecimiento de una posición de permanente hostilidad y cinismo con todo lo que nos rodea, incapacitando entonces cualquier interacción positiva con nada ni con nadie (todo parece estar mal y en contra de nosotros).

Si aprendemos a manejar la ira, tendremos la capacidad de minimizar las emociones negativas y sus posteriores reacciones fisiológicas: aunque no podamos cambiar o evitar la realidad que nos rodea y que pueda ser adversa -y nos provoque ansiedad, enfado- si que podemos controlar las emociones para poder enfrentarnos con las situaciones con control.

¿Puede la psicoterapia ayudar en el control de impulsos?

Si. A través de un proceso psicoterapia donde se produzca una reeducación guiada por el psicoterapeuta podemos aprender no sólo a controlar nuestras reacciones, sino además a encontrar nuevas estrategias a la hora de afrontar situaciones con las que hasta ahora perdíamos el control.

Las explosiones de ira pueden afectar seriamente muchos aspectos de su vida (trabajo, familia, relaciones sociales) y la psicoterapia ayuda a gestionar esas emociones sin control: aunque las emociones son como un interruptor, y suelen surgir de manera explosiva sin que podamos evitarlo, lo que si podemos llegar a controlar es lo que hacemos con ellas.