¿Qué son las alucinaciones?

Una alucinación es una percepción que no ha sido provocada por un elemento real y que es atribuida al medio externo a uno mismo. Por ejemplo, alguien que escucha voces alucinadas es incapaz de distinguir entre estas y el resto de ruidos que vienen del entorno, simplemente es incapaz de localizar a quien las emite. A la vez, las alucinaciones se caracterizan también por la anosognosia, el hecho de ignorar que lo que se experimenta es un síntoma de trastorno mental o enfermedad.

El concepto de alucinación tiene su origen en el término latino allucinatio. Se trata de la acción de quedar alucinado o llegar a alucinarse, es decir, a quedar confundido o desvariar. Este verbo también puede hacer referencia a sorprender, asombrar o deslumbrar.

El primero que supo definirla fue el psiquiatra Jean-Etienne Dominique Esquirol en 1837, quien determinó que se trataba de percepciones sin objeto, esto significa que no existen elementos en el mundo exterior que puedan realmente provocarlas. Es decir que una alucinación consiste en una sensación de carácter subjetivo que no está anticipada por una impresión que influya sobre los sentidos. En otras palabras, se trata de una percepción falsa porque no hace referencia a ningún estímulo físico exterior concreto pero que, sin embargo, la persona asegura sentir. Podríamos considerar la alucinación como una pseudo-percepción: no es lo mismo que una ilusión, ya que la ilusión consiste en percibir estímulos de manera distorsionada.

Las alucinaciones se presentan en enfermedades mentales como la esquizofrenia, en la enfermedad de Parkinson o la Epilepsia, en el TrastornoAlucinaciones Bipolar (maníaco-depresivo), pero también pueden aparecer ocasionalmente en situaciones de aislamiento prolongado o después de varios días sin dormir, durante las crisis graves, por exceso de estimulación, y por alto consumo de alcohol o drogas. También pueden darse en estados hipnóticos, en la meditación profunda, en estados de trance y en el éxtasis místico. Del cinco al quince por ciento de la población normal podría tener alucinaciones espontáneas en alguna oportunidad y una de cada tres personas podría tener alucinaciones antes de quedarse dormida o al despertarse.

En estudios realizados en esquizofrénicos se han detectado áreas del cerebro involucradas en estos fenómenos que ayudan a lograr una mayor comprensión de los mecanismos de las alucinaciones verbales. Otro modo de investigación es administrando sustancias alucinógenas a voluntarios para poder observar sus efectos neurobiológicos.

Tipos de alucinaciones según modalidad sensorial

Si clasificamos la experiencia alucinatoria según la modalidad sensorial en la que aparecen, podemos encontrarnos con varias categorías.

  1. Alucinaciones visuales
    En este caso el sujeto ve algo que no existe en la realidad. Estos estímulos pueden ser muy simples, como por ejemplo destellos o luces. Sin embargo, pueden verse elementos más complejos, como personajes, seres animados o escenas vívidas. Es posible que se visualicen estos elementos con medidas diferentes a las que serían percibidas de ser estos estímulos reales, denominándose alucinaciones liliputienses en el caso de percepciones de menor tamaño y gulliverianas en el caso de verlas agrandadas. Dentro de las alucinaciones visuales también se encuentra la autoscopia, en la que un sujeto se ve a sí mismo desde el exterior de su cuerpo, de una forma semejante a la relatada por pacientes con experiencias cercanas a la muerte. Las alucinaciones visuales son especialmente frecuentes en cuadros orgánicos, traumatismos y consumo de sustancias, si bien también aparecen en ciertos trastornos mentales.
  2. Alucinaciones auditivas
    Pueden ser simples ruidos o bien elementos con significado completo como el habla humana. Los ejemplos más claros son las alucinaciones en segunda persona, en la que como en el ejemplo antes relatado una voz habla al sujeto, las alucinaciones en tercera persona en que se oyen voces que hablan del propio individuo entre ellas o las alucinaciones imperativas, en las que el individuo oye voces que le ordenan hacer o dejar de hacer algo. Las alucinaciones de esta modalidad sensorial son las más frecuentes en trastornos mentales, especialmente en la esquizofrenia paranoide.
  3. Alucinaciones del gusto y el olfato
    Las alucinaciones en éstos sentidos son poco frecuentes y suelen relacionarse con el consumo de drogas u otras sustancias, además de algunos trastornos neurológicos como la epilepsia de lóbulo temporal, o incluso en tumores. También aparecen en esquizofrenia, normalmente relacionadas con delirios de envenenamiento o persecución.
  4. Alucinaciones hápticas
    Son aquellas que hacen referencia al sentido del tacto. Esta tipología incluye gran cantidad de sensaciones, tales como las de temperatura, dolor u hormigueo (siendo éstas últimas denominadas parestesias, y destacando entre ellas un subtipo denominado delirio dermatozoico en el cual se tiene la sensación de tener pequeños animales en el cuerpo, siendo típico de consumo de sustancias como la cocaína).

Al margen de éstas, relacionadas con los sentidos, se pueden identificar dos subtipos más:

  • En primer lugar las alucinaciones cenestésicas o somáticas, que provocan sensaciones percibidas respecto a los propios órganos, normalmente vinculados con procesos delirantes extraños.
  • En segundo y último lugar las alucinaciones cinestésicas o kinésicas se refieren a sensaciones de movimiento del propio cuerpo que no son producidos en la realidad, siendo típico de los pacientes de Parkinson y del consumo de sustancias.

Como ya se ha comentado, al margen de por donde son percibidas también resulta útil conocer cómo son percibidas. En este sentido nos encontramos con diferentes opciones.

¿Por qué se produce una alucinación?

Si bien no hay una única explicación al respecto, diversos autores han tratado de arrojar luz sobre este tipo de fenómenos, siendo algunas de las más aceptadas aquellas que consideran que el sujeto que alucina atribuye erróneamente sus experiencias internas a factores externos.

Ejemplo de ello es la teoría de la discriminación metacognitiva de Slade y Bentall, según la cual el fenómeno alucinatorio se basa en la incapacidad de distinguir la percepción real de la imaginaria. Estos autores consideran que esta capacidad de distinción, la cual se crea y es posible de modificar a través del aprendizaje, puede deberse a un exceso de activación por estrés, falta o exceso de estimulación ambiental, una alta sugestionabilidad, la presencia de expectativas en cuanto a qué se va a percibir, entre otras opciones.

Otro ejemplo, centrado en las alucinaciones de tipo auditivo, es la teoría de la subvocalización de Hoffman, la cual indica que estas alucinaciones son la Alucinacionespercepción del sujeto de la propia habla subvocal (es decir, nuestra voz interna) como algo ajeno a sí mismo (teoría que ha generado terapias para tratar las alucinaciones auditivas con cierta efectividad). Sin embargo, Hoffman consideraba que éste hecho no era debido a una falta de discriminación, sino a la generación de actos discursivos internos involuntarios.

Así, las alucinaciones son formas de “leer” la realidad de forma errónea, como si existiesen elementos que realmente están ahí aunque nuestros sentidos parezcan indicar lo contrario. Sin embargo, en el caso de las alucinaciones nuestros órganos sensoriales funcionan perfectamente, lo que cambia es el modo en el que nuestro cerebro procesa la información que llega. Normalmente, esto significa que nuestros recuerdos se mezclan con los datos sensoriales de un modo anómalo, uniendo estímulos visuales experimentados anteriormente a lo que va sucediendo a nuestro alrededor.

Por ejemplo, esto es lo que ocurre cuando pasamos mucho tiempo a oscuras o con los ojos vendados de modo que nuestros ojos no registrar nada; el cerebro empieza a inventar cosas a causa de la anomalía que supone no recibir datos por esa vía sensorial estando despiertos.

La existencia de las alucinaciones nos recuerda que no nos limitamos a registrar datos acerca de lo que ocurre a nuestro alrededor, sino que nuestro sistema nervioso cuenta con los mecanismos para “construir” escenas que nos cuentan qué es lo que ocurre a nuestro alrededor. Algunas enfermedades pueden llegar a desencadenar alucinaciones de modo incontrolado, pero estas forman parte de nuestro día a día, aunque no nos demos cuenta.

Las consecuencias de una alucinación pueden ser varias, desde inseguridad y miedo, agresión hacia uno mismo, otras personas u objetos, incapacidad de diferenciar entre lo que es real y lo que es producto de la imaginación, culpa y vergüenza al reconocer experiencias alucinatorias, manipulación (evadir responsabilidades a causa de las “alucinaciones”) o ideas delirantes, entre otras. Es imprescindible que aquellos que las padecen sean eficientemente tratados a fin de proporcionarles seguridad en ellos mismos y en su entorno, interrumpir el ciclo de las alucinaciones, llevándolas a términos racionales a fin de que el paciente pueda reconocerlas y disminuya la ansiedad que ellas le generan.

Por último cabe mencionar que entre las teorías acerca de la causa de las alucinaciones, las más extendidas son aquellas que señalan déficit en el trabajo normal del cerebro y de los vínculos sinápticos entre las células ciliadas y las que se encuentran en el tallo encefálico y en los lóbulos occipital-temporal. Sin embargo, más allá de esto, diversos estudios han demostrado que las situaciones de tipo alucinatorio son frecuentes a nivel general. Alrededor del 10% de los individuos experimenta alucinaciones sutiles o leves. Incluso el 39% de las personas ha experimentado alguna vez una alucinación severa.

Diferentes modos de falsa percepción

Las denominadas alucinaciones funcionales se desatan ante la presencia de un estímulo que desencadena otro, ésta vez alucinatorio, en la misma modalidad sensorial. Esta alucinación se produce, empieza y acaba a la vez que el estímulo que la origina. Un ejemplo sería la percepción de alguien que percibe la sintonía del telediario cada vez que oye el ruido del tráfico.

La alucinación extracampina se da en los casos en que la falsa percepción se da fuera del campo perceptivo del individuo. Es decir, se percibe algo más allá de lo que podría percibirse. Un ejemplo es ver a alguien detrás de una pared, sin otros datos que pudiesen hacer pensar de su existencia.

Otra modalidad de alucinación es la ausencia de percepción de algo que existe, denominada alucinación negativa. Sin embargo en este caso el comportamiento de los pacientes no se ve influido como si percibiesen que no hay nada, de modo que en muchos casos se ha llegado a dudar de que haya una verdadera falta de percepción. Un ejemplo es la autoscopia negativa, en la que la persona no se percibe a si misma al mirarse a un espejo.

Por último, cabe destacar la existencia de pseudoalucinaciones. Se trata de percepciones con las mismas características que las alucinaciones con la excepción de que el sujeto es consciente de que se trata de elementos irreales.

En el caso de las pseudoalucinaciones, estas percepciones también son básicamente imaginarias y no provienen de un elemento real. Sin embargo, en este caso la persona que las experimenta sí es capaz de distinguir entre las percepciones que vienen del medio exterior y las pseudoalucinaciones, que atribuye a una fuente situada en “su mente”.

Por otro lado, en la pseudoalucinación, a pesar de que la persona reconoce que las voces, imágenes o experiencias táctiles no son producidas por fenómenos externos y por consiguiente objetivos (detectables por cualquier persona que se encuentre cerca), considera que lo que ocurre no indica la presencia de ningún trastorno mental. Eso hace que muchas veces no se busque ayuda.

¿Qué es la alucinosis?

La alucinosis se parece a la alucinación y la pseudoalucinación en que en estos tres casos la experiencia no está producida directamente por algo que exista realmente y que tenga la apariencia que parece indicar esa “aparición”. Sin embargo, la alucinación se distingue de las otras dos en varios aspectos.

En primer lugar, la alucinosis se distingue de la alucinación en que la persona sabe que la experiencia no viene del exterior, no está producida por un fenómeno objetivo: es un producto que tan solo se manifiesta en su consciencia y que no puede ser percibido por los demás.

En segundo lugar, la alucinosis se distingue de la pseudoalucinación en que no hay anosognosia. Hay una consciencia real de que lo que ocurre no es normal y que se trata de un síntoma lo suficientemente grave como para pedir ayuda.

Tanto las alucinaciones como las pseudoalucinaciones acostumbran a estar vinculadas más bien a trastornos psiquiátricos, mientras que la alucinosis se da en trastornos neurológicos.

Esto es así porque en las dos primeras el grado de afectación del sistema nervioso es tan general que afecta de forma global a toda la consciencia y al pensamiento abstracto. El hecho de que una persona no vea desde el primer momento una señal de alerta ver, por ejemplo, un dragón de 10 metros flotando en el aire, es en sí un síntoma de patología. Lo mismo ocurre cuando no levanta ninguna sospecha sobre salud mental si durante días se escucha una voz y nunca se puede localizar a quien la emite.

El la alucinosis, en cambio, el grado de afectación de la enfermedad no es tan general como en la alucinación y la pseudoalucinación, y se focaliza en zonas concretas del cerebro, dejando relativamente al margen a las otras. Esto hace que la alucinosis sea relativamente más frecuente sobre todo en patologías producto del uso de sustancias psicoactivas, por ejemplo.

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Psicólogo en Sevilla

Federico Casado Reina, Psicólogo colegiado AN-07920. Especialista en Psicopatología y Salud. Tlf: 655 620 045

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