La toma de decisiones

La toma de decisiones es uno de los procesos más difíciles y estresantes a los que se enfrenta el ser humano: consiste en encontrar una conducta adecuada para resolver una situación problemática, en la que, además, hay una serie de sucesos inciertos. Una vez que se ha detectado un problema o conflicto (ya sea real, imaginario, probable o no) y se ha decidido hacer un plan para enfrentarlo, hay que analizar la situación, determinando los elementos que son relevantes y obviando los que no lo son. También tendremos que analizar las relaciones entre ellos y la capacidad de influencia que tenemos. Este último paso es el origen de todos los problemas: cuando se tienen en cuenta aspectos irrelevantes y se ignoran elementos fundamentales del problema. Si no se realiza de forma adecuada, puede ser causa de problemas psicológicos. 

Una vez determinada cual es la situación problemática y analizada en profundidad, para tomar decisiones es necesario elaborar modelos de acciones alternativas, extrapolarlas para imaginar el resultado final y evaluar éste, teniendo en cuenta la incertidumbre de cada suceso que lo compone y el valor que subjetivamente se le asigna ya sea consciente o inconsciente. Así se obtiene una idea de las consecuencias que tendría cada una de las acciones alternativas que se han definido, pudiendo así elegir tanto la conducta más idónea como el curso de acción que va a solucionar el conflicto.

Descrito así, el modelo de toma de decisiones puede aplicarse a cualquier situación en la que hagamos un plan para afrontarla y no solamente a las situaciones amenazantes o problemáticas. La preocupación es la conducta de preparar el curso de acción y puede estar asociada a situaciones que nos causan ansiedad, a cualquier problema que queramos resolver o cualquier acción creativa que queramos desarrollar de forma controlada. En este sentido, habría que analizar si preocuparse en tareas que no son problemáticas, pueden tener la misma función que la preocupación patológica.La Toma de decisiones

Tomar decisiones es por sí mismo un proceso que, hasta cierto punto, nos tranquiliza porque es el inicio del afrontamiento de un problema: ya estamos haciendo algo (pensar) para solucionar lo que nos agobia. Aunque a veces no dirigimos la preocupación hacia el objetivo que nos causa malestar. En efecto, a veces, podemos llegar a preocuparnos de sucesos muy poco probables, rehuyendo hacerlo de problemas acuciantes a los que no queremos o no podemos enfrentarnos.

Se evita así la experiencia de la ansiedad al preocuparse de eventos menores para no afrontar aquellos que nos causarían mayor ansiedad y que no son solucionables. Preocuparse de los problemas que no se pueden resolver causaría, además, una evaluación negativa de las propias capacidades, al constatar que no se puede enfrentar lo que en realidad importa. Preocupándose de problemas terribles, aunque poco probables, se cree que se está haciendo todo lo posible para solucionar sus problemas; aunque, en realidad, se estén evitando. La génesis de este proceso consiste en que normalmente podemos crear estrés para excluir un dolor posterior mayor.

Hay varios factores, que son básicos en la toma de decisiones, y que nos pueden llevar a bloquearnos:

  • La incertidumbre inherente a todo el proceso
  • La pérdida que toda elección conlleva (si elegimos perseguir el objetivo A, dejamos a un lado el B; y si hacemos C, no haremos D…)
  • El riesgo a equivocarnos, fracasar y no lograr el objetivo propuesto.

Hay personas que soportan muy mal la incertidumbre. Hay que recordar que esta debilidad es uno de los factores fundamental que lleve al trastorno de ansiedad generalizada. 

El miedo a fallar puede ser totalmente paralizante. Podemos buscar inútilmente la lógica en una situación irracional, esperando datos que nunca llegarán, podemos delegar en otros la decisión para que se equivoquen ellos, podemos aplazar indefinidamente y repetidamente nuestra actuación, etc.

Cuando evaluamos los resultados obtenidos, lo hemos de hacer basados en los hechos medibles y objetivos ya que podemos caer en la tentación de tener exclusivamente en cuenta el sentimiento o la sensación que nos ha quedado -y esto lo hacemos de forma automática, es decir, sin un pensamiento consciente-. Este error explica la perseverancia en la tarea que se da en algunas patologías como el trastorno de ansiedad generalizada o el trastorno obsesivo compulsivo, porque las sensaciones y sentimientos pueden ser debidos a otros factores, como la incertidumbre del resultado, nuestro exceso de perfeccionismo o a nuestro estado general por otros sucesos ocurridos en nuestra vida. La no aceptación de los pensamientos, sentimientos, sensaciones y emociones que conlleva el riesgo es lo que mantiene a las personas con un comportamiento obsesivo en la duda eterna y les dificulta la toma de decisiones.

Las situaciones cotidianas y la toma de decisiones

Desde las decisiones importantes a las menores, todas presentan características comunes en cuanto al modo y las etapas en que se desarrollan y los factores que influyen en que su resultado sea óptimo o, por el contrario, de lugar a errores. 

La toma de decisiones a diferencia del juicio probabilístico es un proceso que va más allá de la mera evaluación de las alternativas, pudiendo considerarse esta como un paso previo a la elección de una alternativa concreta, ya que para realizar dicha elección el sujeto toma en cuenta también otros factores como las consecuencias de su elección. De esta manera, podríamos equiparar en muchos casos la toma de decisiones con la resolución de problemas. 

Si la habilidad para tomar decisiones se aprende, también se puede practicar y mejorar. Parece ser que las personas hábiles en la toma de decisiones tienen capacidad para clasificar las distintas opciones según su ventajas e inconvenientes y, una vez hecho esto, escoger la que parece mejor opción.

Podríamos articular una decisión con los siguientes pasos:

  • Definir el problema. Con este paso hay que procurar responder a la pregunta de ¿Qué es lo que se desea conseguir en esa situación?
  • Buscar alternativas. En este paso es importante pensar en el mayor número de alternativas posibles. Es importante evitar dejarnos llevar por lo que hacemos habitualmente o por lo que hacen los demás.
  • Valorar las consecuencias de cada alternativa. Aquí se deben considerar los aspectos positivos y negativos que cada alternativa puede tener, a corto y largo plazo, tanto para nosotros como para otras personas. Para llevar a cabo este paso correctamente, muchas veces no es suficiente la información con la que podemos contar, de manera que puede ser necesario recabar nuevos datos para valorar las diferentes opciones.
  • Elegir la mejor alternativa posible. Una vez que se ha pensado en las alternativas disponibles y en las consecuencias de cada una de ellas, habrá que escoger la más positiva o adecuada. Es importante valorar las distintas alternativas para compararlas entre sí.
  • Aplicar la alternativa escogida y comprobar si los resultados son satisfactorios. Una vez elegida, deberemos responsabilizarnos de la decisión tomada y ponerla en práctica. Además debemos preocuparnos por evaluar los resultados, con lo que podremos cambiar aquellos aspectos de la situación que todavía no son satisfactorios y además podremos aprender de nuestra experiencia.

 

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Psicólogo en Sevilla

Federico Casado Reina, Psicólogo colegiado AN-07920. Especialista en Psicopatología y Salud. Tlf: 655 620 045

2 Respuestas

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    Miguel A. Muñoz

    Interesante artículo sobre la toma de decisiones. Tenía y tengo conocimientos de disciplinas académicas como la “Teoría de la decisión”, los “Árboles de decisión” y la “Teoría de Juegos” aunque siempre desde una óptica empresarial, pero no desde un punto vista psicológico.
    Enhorabuena por el artículo.

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